Monopolios son Monopolios

Los monopolios públicos no son más cariñosos o atentos a las necesidades de los clientes que los privados: son monopolios.

En un momento en que la Comisión Resolutiva Antimonopolio parece haber redefinido su objetivo a “defender” a los consumidores para que no les cobren demasiado barato y abandonado su mandato de defender el sistema competitivo en contra de los monopolios, conviene llamar la atención sobre la existencia de perjudiciales elementos monopólicos (existentes y proyectados) en sectores de enorme trascendencia para el futuro del país. Me refiero a los sectores sociales.
Por ejemplo, se está discutiendo, en forma reservada, la reforma del sector salud. Se ha hablado de que todos debieran tener acceso a un mínimo que, según varias versiones, debiera ser provisto únicamente por el Estado. Creo que el diagnóstico no es correcto.

Este tema se vuelve árido si se habla de él sólo en forma abstracta, así que voy a usar un ejemplo reciente como ilustración de los problemas involucrados.

Esto ocurrió en Uruguay, en una pequeña comunidad rural. Allí había una escuelita con 17 alumnos en total. Un día llegó un profesor joven, con ganas de hacer cosas. Con su energía consiguió donaciones para la escuela, obtuvo computadoras, le construyó una página web. Pronto recibió atención de la prensa. Como consecuencia de ello, en el Ministerio de Educación se dieron cuenta de que, siendo él el único profesor de la escuela, no tenía el rango de Director, en tanto que los reglamentos así lo exigen. De manera que, sin consultar a los padres, se hizo un concurso para ocupar dicho puesto. Como el joven maestro en cuestión no contaba con la experiencia suficiente, no accedió al puesto. Se designó otro profesor para que ocupara la dirección de la escuelita rural. Espantados ante la remoción del primer docente que sentían se había preocupado realmente por sus niños, los padres decidieron oponerse. Dijeron que sus derechos estaban siendo atropellados. A lo cual alguna autoridad del Ministerio comentó que “el Estado también tiene derechos”. Pidieron apoyo al sindicato de profesores. Pero éste apoyó al Ministerio, y el presidente del sindicato comentó que “los padres son un grupo de presión” al que no había que, necesariamente, escuchar.

Voy a concentrarme en el conflicto de intereses que se dio y cómo se resolvió. Los padres recibían un producto que les satisfacía. Su proveedor era una empresa monopolista estatal, que decidió cambiárselo. Se quejaron, y el monopolio se los cambió igual. Ni el monopolista (el Ministerio), ni el sindicato, sintieron la más mínima necesidad de satisfacer a sus clientes.

Cualquier empresa privada, que funcionara en competencia, y que tratara a sus clientes así, quebraría, y los miembros del sindicato quedarían cesantes. Pero se trata de un monopolio. Los padres no tienen opciones. Los monopolios se pueden dar el lujo de satisfacer otras necesidades: las del empresario, las de los trabajadores de la empresa, etc.

En la discusión respecto del rol de Fonasa, en ningún caso se menciona el problema de los elementos monopólicos existentes hoy en el sistema y cómo eliminarlos. No se dice nada respecto a que quienes están subsidiados por Fonasa (las personas más pobres y las de mayor riesgo), si se salen de Fonasa, pierden el subsidio. Por lo tanto, tienen limitadas sus opciones, y Fonasa tiene poder monopólico sobre ellos. Al contrario, se pretende acentuar estos aspectos.

Es posible que en el caso chileno no haya un ejemplo tan descarnado como el uruguayo: pero monopolios son monopolios. Los monopolios públicos no son más cariñosos o atentos a las necesidades de los clientes que los privados: son monopolios.

¿Qué estamos haciendo para quitar los elementos monopólicos de la oferta de servicios sociales; para que se retroalimente con la opinión de los clientes? Hay quienes dirían que ésta última no importa, que los expertos saben mejor qué necesitan las personas en salud y en educación. Es cierto que los temas de salud y educación son complejos, pero una sociedad democrática confía en que sus ciudadanos podrán distinguir entre farsantes y estadistas, en el “mercado” político. Decisión por lo demás compleja; mucho más compleja, sin duda, que saber qué nos conviene en el mercado de los servicios sociales. Pero estas opiniones, estos “votos” de los clientes, son irrelevantes cuando el proveedor tiene poder monopólico.

Si el sistema tiene facetas monopólicas, producirá productos malos y/o caros. Eso no debiera sorprender a nadie. Monopolios son monopolios. Entonces, ¿por qué nos sorprendemos constantemente de la baja calidad del producto promedio en los sectores sociales? ¿Cómo, en el caso de la salud, esperamos mejorar el sector aumentando el poder monopólico de Fonasa? ¿La Comisión Resolutiva se preocupará de la ampliación de este monopolio?.

No nos dejemos engañar por la naturaleza del producto, o del empresario. Los monopolios son monopolios, y no los hay peores que los creados por ley.

C.Sapelli

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