La Nación de nadie

No nos engañemos: casi a nadie le importa la nación como empresa colectiva y transgeneracional. Para el 99,99 % de los chilenos,Chile termina en su bolsillo. Y para el 0,01 % restante es una pasión furiosa como lo es toda lealtad ficticia.

Años atras, el escándalo que suscitaron los documentos librados por el departamento de Estado norteamericano dejó de ser noticia para convertirse en historia antigua. Así es la memoria nacional, hasta ahí llegan las investigaciones y los sumarios. O tal vez sea que el testimonio de cómo agentes de potencias extranjeras entraban y salían del país portando maletines con dinero, visitando a próceres en sus oficinas, dando órdenes o recomendaciones por teléfono, interviniendo con descaro en la vida de la nación, mutilándola o pervirtiéndola, no sea ninguna novedad. Es entonces cuando uno se pregunta, con ingenuo horror, dónde está la Patria.
Parece que en ninguna parte o sólo en los almanaques. La nación que presuntamente es de todos, es, en verdad, de nadie. Es lo que primero se posterga. Somos “chilenos” cuando hemos olvidado momentáneamente todo lo demás que somos en particular: primero está el partido, primero la doctrina, primero la carrera personal, primero la fortuna, primero la etnia, primero la propiedad, primero el fundo, primero cualquier cosa que lleve nuestra firma, en especial si suministra renta. Quizás sea natural. La idea de “nación”, que algunos consideran raíz nutricia de los pueblos, es invención tardía. No tiene más de 200 años de vida. Antes de eso, a lo largo de cien siglos de historia humana, las lealtades y pertenencias eran absolutamente locales: la tribu, la aldea, el clan, la clase, la profesión. Se era campesino de tal villorrio, burgués de tal ciudad, señor de tal condado, fraile de tal orden. Todavía en el siglo XIX, en Europa, de una zona a otra de un mismo país los dialectos cambiaban al punto de ser mutuamente ininteligibles. No existía Francia o Inglaterra, Alemania o Italia; existían principados, señoríos, marquesados, condados; en cada uno de ellos no había otra patria que el estrechísimo círculo del territorio en el cual se había nacido ni otro gobierno que el del señor. La nación comienza a manifestarse recién en el siglo XVII, cuando todos por igual quedaron bajo el dominio del monarca absoluto y del gravamen de sus impuestos, su servicio militar, su justicia y su patíbulo. Político es también el núcleo y origen de los movimientos nacionalistas con su enfática retórica sobre el suelo y la sangre, el idioma y la historia común; el núcleo de su verdadero objeto era aunar fuerzas en la lucha contra los monarcas. Eso suponía desvanecer las diferencias reales de origen y lealtad local por la ficción del origen y la lealtad a una entelequia: la nación.

La nación y el Estado sobre aquélla erigido tiene, entonces, a menudo, un pecado original: ser una construcción política legitimada con una ficción demográfica y cultural. A veces, incluso racial. Los pueblos que viven juntos dentro del mismo territorio terminan pareciéndose, pero eso es más un resultado que un principio formativo; más aun, las similitudes de lengua y costumbres y los contactos mutuos frecuentes no bastan para soldar esa unidad que el nacionalismo suponía. ¿Qué le importa hasta al más “patriota” su país o nación cuando entra en conflicto con su interés personal? ¿Qué de sustantivo hay en ser “chileno” ante el hecho concreto del dinero, la conveniencia, los privilegios, la doctrina elegida o el resentimiento? Agitar la bandera es menos amor por una abstracción nacional que por otras razones embanderadas y adornadas con el pabellón. Bien decía Anatole France cuan distinto es el significado de izarla según quien lo haga: orden social y negocios como siempre si lo hacen los prósperos; revolución, motín y subversión si lo hacen los pobres. De hecho, a la primera contrariedad de sus intereses, cada quien renuncia tácita o explícitamente a su lealtad patriótica. Durante la Unidad Popular, los ricos decían “hay que vender el país y comprar un fundo más chico en Europa”. Otros trababan relación con agentes extranjeros. En la izquierda, la noción misma de patria era objeto de befa y desprecio; lo que importaba era la fraternidad universal de los trabajadores y los combatientes. Hoy en día, en el discurso políticamente correcto, la sola palabra “nacional” y más aun de “nacionalismo” suenan casi como pornografía.

F.Villegas

Leave a Reply