Jueces y Populismo

La acción conjunta de un magistrado deseando en su fuero interno complacer a la galería y el poder de la prensa para culpar o exculpar pueden producir un resultado aun más perverso que el crimen investigado.
La sed por la justicia es una virtud teologal o cardinal; puede uno incluso ganar la santidad persiguiéndola. Bienaventurados los justos, etcétera. Por lo mismo es una terrible desgracia el que pueda eventualmente confundirse con el hambre por la notoriedad. Es éste un defecto bastante feo que a veces se viste con los ropajes de la primera apareciendo así disfrazada como si cumpliera sus roles; entonces pronuncia sus mismos parlamentos y se mueve por el escenario con similar prosopopeya. La figura del energúmeno encaramado a un barril exigiendo linchamientos para así dar sustancia a su próxima candidatura a sheriff es demasiado frecuente. Cuando eso se generaliza, cuando no hay ya modo de distinguir la persecución de la justicia de la consecución de la celebridad aparentando actos de justicia, cuando la discriminación justa entre lo honrado y lo indecente queda supeditada al efecto que un pronunciamiento u otro pueda producir, ha llegado el momento de hacer las maletas.

Este riesgo existe. Nos referimos al peligro que conlleva solazarse en actuar para las cámaras aun cuando se desempeñen funciones superiores que, al contrario, requerirían la mayor discreción y concentración. Es inquietante ver algunos magistrados enfrentando con cierta complacencia las hileras de micrófonos que los rodean apenas dan un paso fuera de sus oficinas. Entre esas diversas ocasiones llama la atención cuando aceptan ese acoso meramente para decir que no pueden decir nada. Si es así se pregunta uno el para qué. ¿Para dar una señal de transparencia o para salir en cámara? Al menos quedan las dudas. Pero peor aun es la posibilidad que algunos sientan esta omnipresencia de los medios informativos como una oportunidad para hacer carrera. Al principio quizás no hay sino una muy humana inclinación a hacer conocido por el público el trabajo que se desempeña, pero existe el riesgo de un deslizamiento por el tobogán del oportunismo y el afán de reputación y terminar así dando privilegio al tipo de acciones con más atractivo para la prensa.

¿No ha sucedido ya? Lo dejo a su criterio. Lo cierto es que existen todas las condiciones. La prensa, en su elefantiásico desarrollo como multimedia, ha adquirido un enorme poder para hacer y deshacer reputaciones y por lo mismo forma parte, implícitamente, del currículo profesional de los servidores públicos. Esto los lleva a medir sus actos no sólo y quizás no tanto por su valor intrínseco como por su valor mediático; de ahí la pululación de los comunicadores y expertos en imagen para asegurar ese resultado. Se gobierna, se juzga, se hace política, se profesa una fe y se cantan villancicos mirando de reojo los vidriosos ojos de una cámara de televisión. Hay más; una vez dado el primer paso bajo la mirada de dicho sentido artificial, el segundo y el tercero pueden depender en grado creciente de lo que el público detrás de aquél espera que suceda y se haga. Bien conocemos la inmensa debilidad de los seres humanos ante la opinión ajena, los esfuerzos que cada quien celebra para disfrutar la aprobación de los demás. Y cuando esos “demás” son la imagen vaga pero poderosa de todo un país sentado frente a una pantalla, la fuerza de esa debilidad es casi incontrarrestable. Ahora bien, imaginen qué ocurre cuando el servidor público así mirado está a cargo de un asunto en el cual sin ninguna duda concentra su atención e indignación dicha comunidad por entero; calculen qué sucede si el peso de esa opinión pública, esta vez hecha real y efectiva, espera determinados actos para aprobarlo según su propio saber y entender. Se pregunta uno quién es quién para resistir esa presión colosal sin dar a torcer su mejor criterio.

Llegamos entonces al punto que deseamos hacer notar en esta columna: la acción conjunta de un magistrado deseando en su fuero interno complacer a la galería y el poder de la prensa para culpar o exculpar pueden producir un resultado aun más perverso que el crimen investigado. Un criminal o varios criminales en libertad es muy malo; una justicia con libertad para incriminar indiscriminadamente es mucho peor. Entraña la sustitución de la justicia por los ajusticiamientos. Un juez que ha perdido la brújula, hoy en día tiene capacidad para destruir reputaciones con sólo mencionarlos en relación con un caso público respecto al cual este último ya se ha hecho juicio; de ahí la tentación de usar dicho instrumento para acallar críticas y “sugerir” cautela. Podemos llegar a un estado de cosas donde de tanto usarse dicho procedimiento el investigador mismo termine más corrupto que los investigados, la justicia más injusta que los injustos y los culpables reales o ficticios confundiéndose con inocentes igualmente perseguidos. Es lo que tradicionalmente se llama caza de brujas. Pero cuando llega la hora de las antorchas humeantes y las piras de sacrificio la justicia ha sido ya inmolada mucho antes.

F.Villegas

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