In-ter-tex-tua-li-dad – El Plagio

Siendo el plagio una forma de robo, lo menos que se espera cuando se comete es un esfuerzo de encubrimiento y disimulo, pero aquí tenemos lo contrario, a saber, una obvia y enfática referencia.

Mientras en el mundo hay conflictos dondequier, en Chile, en cambio, hemos sido testigos de una quema de pastizales humeando desaforadamente en el diminuto y reseco jardín de la literatura nacional. El siniestro se ha desarrollado a medida que la crítica, la cátedra y el magisterio del ramo fulminan su más aplastante condena contra una escritora acusada de plagio. Nada nuevo; como siempre nuestros notables de la pluma se las ingenian todo el tiempo para montar estas pequeñas hostilidades y por tanto el asunto no ameritaría mayores comentarios, pero por otro lado no todos los días se acusa a alguien de tan feo y grave pecado como ese; en la república de las letras es el peor, mortal, inconfesable e irredimible. Así pues, aunque intrínsecamente es asunto de poco calibre, amerita algún examen.
El plagio, cuando efectivamente existe, es señal de dos defectos: uno es la vanidad y la ambición de gloria sin importar cómo, de hacerse notar como sea en medio de la muchedumbre cada vez mas nutrida de concurrentes, pero este es un vicio hasta cierto punto perdonable por estar presente también en autores originales y en verdad ser requisito indispensable para animar el resorte vital de cualquier laya de escritor; sin embargo el otro, la estupidez, pues no otra cosa es creer que “nadie se va a dar cuenta”, es ya cosa distinta. Muy poca imaginación y entendimiento ha de tenerse para no prever que tarde o temprano, por recóndito, remoto y olvidado que sea el texto copiado, siempre habrá algún majadero que se tope con él, haga la comparación e inicie el escándalo. Pero, por lo mismo, es inverosímil que una escritora profesional y sin duda como mínimo dotada de inteligencia normal vaya a caer en semejante deficiencia haciendo uso de un texto conocido de un autor acreditado entre los literateurs.

¿Por qué no creerle entonces, por qué no creer que esta persona sencillamente cometió el error de no graduar bien el llamado proceso de “intertextualidad”? ¿Que prestó demasiado oído a los “ecos literarios”? Para alguien como ella, confesa de ser lectora voraz, bien posible es perder el hilo de Ariadna, confundir la mala memoria con la inspiración o hilar demasiado grueso o demasiado fino el discurso narrativo en el despliegue de referencias cayendo así en las fauces de los mal pensados y los odiadores, tan abundantes y prolíficos en el zoológico literario. Aun en el área mucho menos glamorosa del periodismo obsérvase a menudo la frenética euforia que posee a quienes ven a un viejo enemigo abrir flanco para el fuego de sus ineptos arcabuces; no hace mucho, en una revista de mujeres, todavía podía leerse aunque ya con enorme atraso y paso lerdo respecto al tema y cierta prosa obtusa y tóxica para plantearlo, los denodados esfuerzos contra Nos de una venerable señora que ha hecho carrera como autora de libros anuales de chismorreos y socialités.

Tal vez, como decía Borges, haya un solo libro que los plumarios van re-escribiendo con el paso de las generaciones; tal vez nadie es dueño de nada, menos de la palabra. O quizás esa sea sólo una pose de quien ya se sabía cubierto de fama y quiso ganar una porción extra de encumbramiento -nunca basta el que se tiene- con un alarde de insólita humildad. Lo seguro -y ciertamente en este caso en particular- es que los actos del prójimo siempre encuentran una multitud de voluntarios para juzgarlo de la peor manera posible, desacreditarlo si se puede, ningunearlo si es viable y vejarlo en el caso ideal. Mucho más fácil y atractivo acusar de plagio y demoler una persona que aceptar siquiera la posibilidad de considerar verosímil su explicación. A nuestro juicio su juego con otros textos, los ecos y las citas sin citar fueron perpetradas de modo claro y contundente para que a nadie le quedase duda de tratarse de un guiño; eso mismo apela al sentido común para dar algún crédito o al menos suspender el juicio sobre esta literata. Siendo el plagio una forma de robo, lo menos que se espera cuando se comete es un esfuerzo de encubrimiento y disimulo, pero aquí tenemos lo contrario, a saber, una obvia y enfática referencia. Si fue una buena idea hacer eso en Chile, país de peladores y resentidos, queda por debatirse; tal vez en Francia, país empapelado en literatura y dado a rizar el rizo, dicho procedimiento le hubiese valido el premio Goncourt.

Por lo demás, si vamos a ponernos tan suspicaces y exquisitos, mejor ni miremos el penoso plagiarismo -en espíritu si acaso no en cuerpo- que aparece masivamente en la literatura chilena de hoy, repleta de falsificaciones de estilo, pastiches achilenados de cuentistas americanos y fabricación en serie de arroz con leche confeccionado en “talleres literarios” en los que todos, desde el pergenio local a su alumnado de viudas esperanzadas, militan en las sociedades de admiración y defenestración mutua que componen nuestras soirées literarias.

F. Villegas

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